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jueves, 19 de noviembre de 2009

Henry Dunnant en el Mago de Voz.

http://www.facebook.com/video/video.php?v=172909048224

A los 30 años, Henry Dunnant era un rico banquero y financista suizo. Su vida, sin duda, habría continuado en gran medida como era de no ser por un fatídico día 24/06/1895 en que todo cambió. Había sido enviado por su gobierno a hablar con napoleón III. Tenía que discutir un acuerdo de negocios entre los suizos y los franceses que beneficiaría a ambos países. Pero Napoleón III no estaba en Paris, estaba en la Llanura de Solferino a punto de entrar en batalla con los austríacos.


Henry Dunnant trató de estar en la escena antes de que empezara la batalla, pero llegó tarde. Su carruaje se detuvo en la cima de una montaña que daba al campo de batalla. De pronto sonaron las trompetas, los mosquetes dispararon, los camiones lanzaron sus balas, las dos caballerías cargaron y se lanzó la batalla.

Henry Dunnant sentado como en un palco de teatro quedó transfigurado. Pudo ver el polvo que se levantaba, oír los gritos de los heridos y de los moribundos. Estaba como en trance ante el horror que había debajo de él. Pero el verdadero horror llegó más tarde, una vez que entró en el pequeño pueblo terminada la batalla. Cada casa, cada edificio estaba lleno de heridos. Destrozados. Muertos. Llevado por la compasión que le inspiraba el sufrimiento que veía a su alrededor, Dunnant permaneció tres días en el pueblo haciendo todo lo que pudo por ayudar y nunca más fue el mismo hombre. La guerra era algo bárbaro, el mundo debía abolirla, esa no era la manera de arreglar las diferencias entre las naciones. Y por sobre todo debía existir una organización mundial para ayudar a la gente en tiempo de sufrimiento y de caos.

Henry Dunnant volvió a Suiza pero en los años siguientes se convirtió en un fanático de los temas de la paz y la misericordia. Empezó a viajar por toda Europa predicando su mensaje hasta que su empresa sufrió el desgaste y pronto quebró. Pero él no estaba dispuesto a abandonar la lucha. En la primera conferencia de Ginebra emprendió un ataque de un solo hombre contra la guerra. Como consecuencia la conferencia aprobó la primera ley internacional contra la guerra, movimiento que más tarde daría origen tanto a la liga de las naciones como a las Naciones Unidas.

En 1901 Dunnant recibió el Premio Nobel de la paz y a pesar de que no tenía un peso y vivía en una casa pobre entregó todo el premio al movimiento nacional que había fundado.

Henry Dunnant murió en 1910 casi totalmente olvidado por el mundo. Pero a él no le hacía falta ningún monumento que marcara su tumba. Como símbolo de la organización de la que había sido padre había tomado la bandera suiza, una cruz blanca sobre campo rojo pero la invirtió: una cruz roja sobre campo blanco.

La organización de Henry Dunnant se convirtió en su monumento eterno y se llama la Cruz Roja.

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